El frío tren

Alexander Pietrov esperaba el tren sentado en un banco de una fría estación de la ciudad; mientras leía el diario el cual tapaba su rostro, como si fuese una chimenea se veía su aliento ascender a los cielos; de a ratos espiaba para ver si venía el transporte y luego se volvía a esconder tras el diario, en realidad no lo leía, solo se escondía.

El ruido pesado del tren se hizo presente, Alexander dobló el diario y lo guardó en su saco, acomodó su sombrero y sujetándolo con la mano como ocultado su rostro, caminó apresuradamente y se subió al tren, rápidamente se dirigió hacia atrás del vagón y se sentó junto a la ventanilla, sacó nuevamente su diario y tapó su rostro solo espiando de vez en cuando hacia afuera.

El tren comenzó a moverse y el ruido de las vías como un gran reloj en el que el era una aguja que se hamacaba se hizo presente. Alexander siguió oculto tras su diario.

-Disculpe ¿Puedo sentarme?- la voz de una bella mujer lo presipitó, él asintió con la cabeza sin mirarla.

La mujer se sentó a su lado y sacó un libro, tranquilamente lo leyó para hacer mas ameno su viaje. No dijo ninguna palabra, Alexander tampoco, pero sus manos se ponían frias y su frente también, no podía respirar y su oído parecía haber adquirido una capacidad sobrehumana, ya que podía oír cuando la mujer pasaba la yema de sus dedos por las hojas de su libro, también podía oir su respiración y sentía el frio corporal que ella emanaba, sus manos apretaban el diario con fuerza.

Al llegar a la siguiente estación la mujer se bajó dejando vacío el asiento junto a Alexander, aunque no tan vacío, ya que se había olvidado su libro, o tal vez lo dejó a propósito para que él lo tomara. Alexander deslizó suavemente su mano y tomó el libro, se aseguró de tapar bien su rostro nuevamente con el diario y leyó la portada.

El libro se llamaba «Alexander Pietrov, el hombre del tren». Alexander confundido y alterado soltó el diario y se dirigió al final del libro y leyó lo siguiente.

«Aquel hombre tímido, al que siempre veía en el tren, ese al que todos llamaban loco, fue la persona mas importante de mi vida, ya que cuando quise morir en las vías del tren él fue el único que reaccionó, me sacó del peligro y cambió mi destino por el suyo despidiéndose con una sonrisa»

Alexander buscó quien había escrito el libro, era una bella mujer fallecida hace años ya, su nombre Maria Derzuk, revisó si había una foto de aquella mujer y estaba en la contraportada del libro.

Efectivamente, era la mujer que se había sentado a su lado.

FIN

Victimario capítulo 3

-¡Que bueno llegar al programa un millón!- dijo el androide M14THA L3GR4ND-¡Y que alegria! Pasaron tantas cosas en este país, y tantos gobernantes en todos estos años que me alegro que hayamos llegado a este momento con la vuelta de la «normalidad»- continuaba hablando el robot mientras se acercaba de manera recta a una mesa, ya que su sistema de tracción, parecido al de los tanques de guerra, no le permitía moverse con soltura- y sobretodo que hayamos podido mantener esa «normalidad» en el tiempo. Bueno, vamos a presentar a nuestros invitados.

La voz del presentador tomó el protagonismo del programa para presentar a los invitados.

«Se toman la pastilla con M14THA L3GR4ND hoy…»

hizo una pausa para que enfocaran al primer invitado.

«El Señor Henry Fort, científico»- El señor Henry Fort, un hombre regordete, ojeroso y de bigotes, saludó con una leve sonrisa y un movimiento de cabeza.

La cámara enfocó al siguiente invitado.

«El señor Like Dislike, sociólogo»- Un extraño sujeto de pelo largo y barba blanca con guantes azules que tenían los pulgares levantados y con un gorro también azul con forma de mano con pulgar hacia arriba.

La cámara se dirigió al siguiente invitado.

«El Señor Gill Bates, buen hombre, filántropo»- El sujeto miró a la cámara y prácticamente sonrió con los ojos, ya que tenía esa mirada especial, de esas miradas que tienen siertas personas que te hace imposible dudar de su honestidad.

Era momento de presentar al último invitado.

«Nuestro excelentísimo presidente, el General Tafarel Junior Junior Junior Junior Minela»- El General vestido con su típico uniforme militar pero con las luces led rgb de moda, de mirada dura, nariz aguileña y bigote pronunciado que resaltaba en su escuálido rostro, solo miró la cámara sin mostrar gesto alguno.

…continuará

Amor en tiempos de barbijos

-¿Ya te vas?- preguntó ella tomándole la mano.

-Sí, tengo que irme a trabajar- respondió él cortantemente.

-No vayas- dijo ella mirándole tiernamente a los ojos.

-No puedo quedarme- le dijo él sonriendo- me necesitan.

-Yo también te necesito, quédate- le dijo ella.

-¿Y quién va a pagar las cuentas? ¿Cómo vamos a comprar comida?- le dijo él con la voz esta vez más firme.

-Igual, quédate- le dijo ella frunciendo el ceño.

-No, me tengo que ir- le dijo él mientras intentaba que le soltara la mano- tengo que cuidar a las abuelitas.

-Bueno, pero solo porque las abuelitas son muy lindas- le dijo ella sin dejar de soltarle la mano- ¿Y a mí quien me va a cuidar?

-Para eso está Terry- él señaló a un pequeño perrito que estaba acostado en un almohadón, este al escuchar su nombre comenzó a mover su cola de emoción.

-Ven aquí Terry- dijo ella soltándole la mano y alzó al perro que jadeaba contento-¿Cómo está la abuela Marcia?

-¿La abuela Marcia?- él hizo una pausa incomoda y miró hacia un costado con tristeza-bien, la abuela Marcia está bien.

-Bueno- dijo ella sin querer preguntar más.

-Me tengo que ir- dijo él

-Si está bien- dijo ella sin oponerse esta vez.

-Adiós, te quiero- le dijo él.

-¿Llevas barbijo?-preguntó ella.

-Sí, lo tengo- respondió él.

-¿Y el alcohol?-preguntó ella.

-Sí, lo tengo- respondió él.

-Cuídate- le dijo ella.

-Sí, si- le dijo él.

-Te quiero- le dijo ella.

-Yo también- le respondió él.

-Chau- dijo ella.

-Chau-dijo él y cerró la puerta para irse a trabajar en el hospital.

FIN

Los olvidados del monte

-¿Porqué llora tanto ese bebé?- le decía el Pedro a la Juana mientrás revisaba el filo de su hacha- y bue, sigo con lo mio.

El lánguido hombre se levantó del tronco en el que estaba sentado tambaleando por la borrachera y comenzó a hachar un árbol de quebracho. Junto a otros hombres que hachaban sin parar, llenaban el aire de una melodía del corte constante en la madera, y junto con esta, un humillo rojizo del aserrín mezclado con el tanino llenaba el lugar.

La mujer carraspeó y escupió a un costado una mezcla de tabaco con la mugre, atrayendo al niño hacia si intentaba amamantar con el pecho seco al pequeño. El niño no paraba de llorar, entonces la madre lo mecía y le daba golpecitos en la espalda para que se calmara.

-¡Abajo!- gritó uno de los hacheros y un árbol gigante cayó como un saldado muerto en el monte.

La mujer tapó los oídos de su bebé para que no escuchara el estruendoso ruido y no se asustara, pero el sonido había llegado a él, ya era tarde.

Los pájaros escapaban atemorizados, con la caída de los arboles de quebracho venía el envejecimiento de los olvidados. y Sin poder hacer nada, la mujer se volvía anciana y el niño se hacia hombre. Escuálido este niño hecho hombre se sentaba en un tronco y le daba un sorbo a una caña amarga hasta emborracharse, sin levantar la mirada le daba un trago largo tras otro, hasta que una mano seca de tanto hachar y hachar el monte ajeno le tocaba la cabeza. Esta mano era de su ya anciano padre, que venía a traerle el hacha para que él continuara cortando en el frondoso monte.

-¡Abajo!- grito otro hombre, y asi caía otro gran quebracho envejeciendo a este niño hecho hombre.

Así era la vida de los olvidados de la historia en las tierras de la Forestal.

Fin.

El maestro de la música popular argentina Horacio Guaraní cantándole a las historias de «La Forestal»

La mirada de Donald

Hola, vuelvo a escribir después de mucho tiempo, la pandemia es una montaña rusa y cambia tu vida como subidas y bajadas tenga. Ya no soy el mismo que escribió la última vez, pero si son las mismas mis ganas de escribir. con esta historia ojala pueda decir que vuelvo al ruedo.

Donald bajó de su coche y habló a una cámara un poco lejana, su voz era tapada un poco por la muchedumbre que tenía atrás, que, a decir verdad, era un número importante.

El hombre, ya entrado en años, tenía la mirada dura al hablar, lo que decía no se podría decir que fuera importante, tampoco se podía decir que tampoco decía nada. Pero en su mirada escondía algo más.

¿Qué decía su mirada? Ya que su mirada hablaba y muy fuerte.

Su mirada decía:

«pertenezco a un mundo que se está muriendo, donde nosotros éramos los dueños de todo y ahora vienen ustedes, niños de ideas raras, a ¡Querer ser los nuevos dueños!»

«¡No! ¿Quieren armar su nuevo mundo? ¿Uno con nuevos paradigmas distintos a los nuestros? ¡No!»

«¡No se lo vamos a dejar regalado así nomás!»

Tras esto, y al darse vuelta para seguir su camino cabizbajo, su lengua se secó y la boca se le cerró, pero sus ojos, sus ojos seguían hablando…

Fin

Victimario capitulo 1

«Todos somos inocentes, todos somos culpables»

Introducción:

Tengo un amigo, el está en mi cabeza hace años, se trenzan sus aventuras siempre entre mis historias, esperando, esperando, esperando el día que lo haga leyenda.

Hasta hoy no le había dado su espacio por que sé que él me acompañará por muchos de mis días, así que tranquilo, despacito, a partir de hoy de tanto en tanto lo voy a dejar salir; no espero que lo entiendan, mas si espero que lo disfruten.

Victimario capitulo 1:

Entre rayos y tormentas unos ángeles salieron de entre las nubes tocando trompetas, anunciaban algo, anunciaban el programa numero 1 millón en televisión de lo que fue alguna vez el territorio argentino, andá a saber cuando y andá a saber después de que evento. Este programa se llamaba «Tomando la pastilla con M14THA L3GR4ND.»

Los ángeles se alejaron tras las nubes, y de estas bajaron unas escaleras mecánicas en donde venía bajando la presentadora del programa; el mecanismo de la escalera era en verdad ruidoso, pero el televidente no lo sabía, ya que la música de trompetas era lo que recibía, mientras que los presentes si lo pervivían, cosa que solía ser bastante incomodo.

Los aplausos se activaban automáticamente, y así también automáticamente M14THA L3GR4ND saludaba y en movimientos toscos tiraba besos hacía los lados mientras dibujaba una sonrisa en su androide rostro, un androide rostro que era cubierto por una mascara arrugada que simulaba a una elegante mujer de anteriores épocas; pero era solo en su rostro, ya que sus brazos eran evidentemente robots y su torso, lleno de cables y mangueras con líquidos que entraban y salían, también eran evidentemente de robots. No era que importara mucho el que fuera un robot, ya que al televidente no le molestaba demasiado su falta de humanidad, ese un millón de programas era la prueba suficiente de su constante compañía en la mesa de la familia argentina, mesas en la que no podía faltar un televisior, ya que estaba exigido por ley el tener un televisor en la mesa principal de la casa; cosa que pocos sabían, y pocos sabían que había pasado con los pocos que sabían que era una ley perversa.

…Continuará.

El asesinato del Padre Ignacio

El sacerdote Ignacio saludaba a los fieles que se despedían cuando terminó la misa. Las señoras habitué del halago sin fin se acercaban al cura para ganar puntos en su competencia por «la más come velas» del pueblo y mientras él les saludaba, observaba con el rabillo del ojo a un hombre terriblemente desalineado que estaba sentado al fondo del espacioso templo, esta persona de traje marrón sucio y apestando a alcohol, sujetaba fuertemente su portafolios y no le quitaba la mirada de encima.

Cuando finalmente se retiró del lugar la mayoría de los creyentes, este hombre se le acercó.

-Padre, necesito confesarme- le dijo el desconocido, mientras con un pañuelo secaba el sudor de su pálida frente.

-Bien hijo mio- le respondió el sacerdote- espérame en el confesionario para que pueda ayudarte.

El hombre se arrodilló en el confesionario y supo que el sacerdote estaba del otro lado de la ventanilla al escuchar el rechinar de la vieja madera del icónico mueble de caoba rojizo, donde las almas perdidas expulsaban sus secretos. La ventanilla tras la rejilla de madera se abrió y escuchó la voz del santo anciano.

-Bendiciones hijo mio- le dijo el cura- cuéntame que es lo que aqueja a tu alma.

-Bendíceme padre, porque vivo en el pecado- le dijo el apesadumbrado hombre- Mi nombre es Arturo Sánchez; mi última confesión fue, ya no lo recuerdo muy bien, tal vez cuando era niño.

-No te preocupes hijo mio- le dijo el cura mientras reía en sus adentros- ahora estás aquí, dime tus pecados e intercederé con el santo padre para ayudarte.

-Es mi mente padre, me atormenta; está llena de malos pensamientos, llena de odios y de violencia.

-Esta bien hijo, voy a ayudarte- dijo el cura con intención de no alargar demasiado la confesión.

-Espere Padre, aun no he terminado-lo interrumpió el preocupado hombre-me urge hacerlo y tengo que pedirle permiso a usted.

-Si, te escucho hijo mio.

-Necesito que me dé permiso para asesinarlo.

El sacerdote abrió grande los ojos y contuvo la respiración. El hombre continuó.

-Así es, debo matarlo a usted, pero no puedo hacerlo sin su permiso, no podría vivir tranquilo si lo mato sin que usted me deje hacerlo.

El cura temblando intentó abrir la puerta del confesionario, pero la vieja cerradura se había trabado, se dió cuenta que huir cobardemente no era una opción, debía intentar convencer a su asesino confesor de que no cometiera tal pecado.

-Hi… hijo, eso es un pecado muy grave-dijo el sacerdote con la voz temblorosa- y más asesinando a un representante directo de Dios en la tierra ¿Te imaginas cuan grande es esa falta ante los ojos del altísimo?

-Lo sé, lo sé, y eso me duele; pero mi mente está tan llena de tormentos que pienso ¿Que más da? Si estoy tan empantanado en el pecado que llevar a cabo otra aberración no cambiaría nada.

-Hi… hijo no es asi, aun puedes arrepentirte de tu pecado y Dios te escuchará, el te perdonará.

El cura volvió a intentar abrir el confesionario pero por mas que insistía la puerta no cedía, su desesperación creció aun mas cuando vió que aquel hombre buscó algo en su portafolios y terminó escuchando un sonido metálico. Intentó cerrar la ventanilla pero esta también, para su mala suerte, se encontraba atorada.

El cura se agachó dentro del confesionario para refugiarse con la esperanza de que el hombre se fuera, pero este aun estaba ahí, finalmente el anciano suspiró, y recordó su larga trayectoria como sacerdote; tenía muchos recuerdos buenos, pero también había cosas que no eran del todo buenas, y tal vez esta era su redención final, tal vez él también debía pagar por algún pecado inconfesable.

-Está bien- dijo el cura con la voz cansada-puedes matarme, puedes terminar con mi vida.

-Gracias, bendito padre.

El sacerdote Ignacio no quiso mirar a su ejecutor, pero sentía que algo tenía en sus manos, luego entregándose al altísimo escuchó un click, era el fin.

Apretó fuertemente los ojos esperando su desvanecimiento pero esto no ocurrió, luego lentamente los abrío mirando hacia los lados, miró por la ventanilla y ya no había nadie. Probó la ventanilla y funcionaba perfectamente, luego probo la puerta y esta se abrió sin ningún problema. El cura salió temblando y extasiado de felicidad, estaba vivo.

«¡Estoy Vivo! ¡Estoy vivo!» pensaba y caminaba de un lado a otro con felicidad en el desolado templo. Pero ¿Que habrá sido de aquel hombre? Arturo Sánchez ¿Quién era ese hombre?

Finalmente, tras pasar unos días el cura descubrió quien era aquel sujeto, cuando al leer el diario, en la sección de cuentos descubrió una historia hecha por un escritor llamado Arturo Sánchez, la cual se titulaba «El asesinato del Padre Ignacio.»

FIN!!!!!

Espero que les haya gustado el relato. Saludos y que tengan una excelente jornada.

Hablando sobre «La Casa Tomada» de Julio Cortazar

Antes que nada, o todo, los invito a conocer la obra «La casa tomada» de Julio Cortazar, la pueden encontrar en todos lados y en todos los formatos, en librerías, en bibliotecas, audiolibros, y/o acá en la web escrito, en audio y en vídeo. De izquierda a derecha, de derecha a izquierda; de abajo a arriba y de arriba a abajo.

Escribo esto porque tengo que decirle algo a Don Julio, es que dejó las ventanas abiertas y la casa se llenó de gente de todas clases, y están revisándolo todo y revolcando todo, uno le dice a otro «mirá, las estampillas» y el otro le responde «no me importa, vine a ver que comida hay en la cocina» otros revisan las lanas y los tejidos meticulosamente mientras otros miran los puntos de este sin entender nada, algunos quieren limpiar los muebles del polvo bonaerense y otros entran con los zapatos sucios a propósito, hay quienes se pelean por la pava del mate y otros que pelean por ver quien sebará, algunos quieren tomar el mate solo y otros lo quieren compartir.

¿Y las llaves de la puerta principal? Que importa, se habrán oxidado en el olvido. ¿Y los 15.000 pesos? Que importa, el tema no es la plata (o tal vez sí). ¿Y los libros de la biblioteca? No sé si alguien los leyó.

Le preguntaría ¿Que quisiste decir con toda esa maraña?

Tal vez me respondería «Fue algo que soñé, tal vez mio, tal vez heredado de otro tiempo, viste como esas ideas de Jung.»

Y yo le diría «Yo soy de los que entró en la casa y esta revisando que hay que comer en la cocina.»

Él capaz me dijera «Y no sé, vos escuchás lo que querés escuchar y entendés lo que querés entender.»

Tal vez me diría «dejenme ya de joder con «La casa tomada» lo que escribí, en su tiempo lo escribí, los que entraron y no pudieron salir, ¿Qué puedo hacer por ellos? Recordá también que una pareja de hermanos quedó afuera, no es solo los que están adentro el tema.»

Yo tampoco sé que es con certersa, lo único que puedo decir, es que despues de mas de 70 años de publicado el cuento, la casa se sigue tomando.

FIN.

Los niños del futuro 14 Final

«Los niños del Futuro» es una historia que escribí en mi adolescencia y que años después la mejoré para que su lectura sea más agradable. El jugador de todos…

Lo estuve publicando en pequeñas partes todos los martes a las 18hs hora Argentina, 23hs hora de España, 17hs Miami.

Espero que la disfruten:

Fin de la temporada

La mujer recordó el sueño que había tenido la noche anterior, aquel en que su barquito se alejaba de ella, entonces su corazón se estremeció y alertada por un  mal presentimiento comenzó a llamar a los gritos a su hijo.

-¡¿Leonel?! ¡Leonel, hijo ¿Dónde estás?!- decía la mujer mientras recorría el barrio.

Los gritos alertaron a Carlitos, que recordó la promesa que se habían hecho y se acercó a la madre de su amigo.

-Voy a ir a buscarlo- le dijo al oírla tan desesperada y se dirigió hacia su escondite que estaba en el baldío.

Carlitos vio el camino de sangre que entraba al lugar y terminaba en donde estaba la heladera tirada “¿Qué es esto?” pensó y corrió hacia allí, saltó sobre ella y encontró a la Pulga acostado adentro.

-¿No pulga que hiciste?- le dijo Carlitos con lágrimas en los ojos.

El niño muy débil tomó su mano para darle unos pesos y algunas monedas manchadas con su sangre que era todo lo que tenía la joven maestra en su cartera.

-Tomá dale esto a mi mamá- le dijo la pulga soltándole suavemente la mano- y decíle si esta noche podemos comer un bifecito de carne.

Después de esto la Pulga dejó salir de su boca su último aliento.

La mujer muy preocupada esperaba para tener respuestas de su hijo en su casa y tratando de calmarse un poco encendió el televisor, en donde el periodista presentaba las noticias:

“Otro caso de violencia en la ciudad, un policía muerto tras el robo a una maestra, estamos en vivo en el lugar en donde se encuentran los familiares, vamos directo al móvil.”

En aquel móvil se encontraba la esposa del policía asesinado que, motivada por su gran angustia, clamaba sollozando por justicia.

“Esto no debe quedar así” decía la mujer mientras se agarraba la cabeza “¡Quien mató a mi marido debería ir preso y podrirse en la cárcel! ¡Podrirse en la cárcel!”

  En ese momento entró en la casa de la señora Carlitos llorando y en sus brazos traía el cuerpo de su pequeño amigo sin vida.

-¡No! ¡Mi bebé no!- en un desgarrador grito que hizo que todos los vecinos se acercaran al lugar exclamó la mujer. Luego abrazó con fuerza el cuerpito de su niño que ya descansaba en los brazos del eterno.

Ante todo esto el televisor, aquel compañero frio e indiferente que acompaña los días de nuestras vidas,  seguía encendido y continuaba dando las noticias:

“Por otra parte, acaba de asumir el nuevo flamante ministro de economía, el que nos sacará de esta difícil situación” muy elegante, en un estrado reluciente, aquel hombre calvo de baja estatura, daba su discurso.

“No podemos dejar de hacer frente a nuestras responsabilidades” con énfasis decía aquel hombre, apretando el puño y frunciendo el ceño muy convencido de que su opción era el único e infalible camino “estamos obligados a recortar los sueldos y subir los impuestos para así ajustar la economía y poder pagar nuestras deudas con el exterior.”

La temporada ha terminado.

Los niños del futuro 13

«Los niños del Futuro» es una historia que escribí en mi adolescencia y que años después la mejoré para que su lectura sea más agradable. Barrilete cósmico…

La voy a publicar en pequeñas partes todos los martes a las 18hs hora Argentina, 23hs hora de España, 17hs Miami.

Espero que la disfruten:

La gran jugada

El timbre de salida se hacía escuchar, los niños corriendo y riendo se retiraban del establecimiento para encontrarse con sus padres que los esperaban, algunos en auto, otros simplemente a pie para marcharse a sus respectivos hogares, también había pequeños que se juntaban en grupos para volver a sus casas en colectivo o caminando. Luego salían los maestros y directivos para  que, finalmente, quedara vacío el lugar.

La joven maestra salió, habló unos segundos con sus colegas y luego se marchó caminando sin que nadie la acompañase; tras haberse alejado una cuadra, la Pulga se levantó y, desde una considerable distancia, comenzó a seguirla, así fue que varias cuadras después la maestra caminaba por una solitaria calle de tierra en donde ninguno de los vecinos estaba fuera de su casa; este era el momento adecuado para acercarse.

  -Hola ¿No sabe en dónde queda la calle Perón?- preguntó la Pulga para disimular, aunque sus ojos nerviosos en realidad no le ayudaban mucho en este caso.

La mujer lo miró de reojo y aumentando la velocidad de su caminar le respondió.

-No papito, la verdad no sé.

El niño al ver que la mujer apresuraba sus pasos puso la mochila delante de si y rápidamente sacó la pesada pistola sosteniéndola con las dos manos para apuntarla.

-¡Deme la cartera ya o disparo!- le gritó mientras trataba de mantener la mira del arma en la maestra, luchando contra el peso de esta.

-¡No! ¡Calmate, no dispares! Tomá.

La mujer muy asustada, tomando distancia, le dio la cartera y él de un manotazo se la arrebató para luego salir corriendo “listo ya está, eso era todo” pensaba mientras la adrenalina se hacía dueño de su cuerpo; pero luego comenzó a escuchar los gritos de la joven docente y se dio cuenta que su aventura aún no había terminado.

-¡Auxilio! ¡Me han robado!- en un ataque de nervios gritó la mujer.

En las cercanías había un policía recorriendo la zona, que al escuchar los gritos acudió al pedido de la asustada joven.

-¡Tranquila señora! ¿Hacia dónde se fue?

-Se fue por allá- la mujer le señaló la entrada a unos pastizales- cuidado que está armado.

El policía ingresó corriendo al pastizal y el característico ruido del pesado uniforme de este alertó a la Pulga, que muy asustado se escondió tras unos arbustos “pero ¿Por qué a mí?” pensaba el pequeño mientras unas lágrimas escapaban de sus ojos; los arbustos se movían mucho, era obvio que alguien se encontraba ahí.

-¡Policía! ¡Salga de ahí inmediatamente con las manos en alto!- gritó el uniformado apuntando su pistola a los arbustos.

El muchacho llorando salió dando un salto y durante unos pequeños instantes quedaron apuntándose “pero si es solo un niño” pensó el policía y bajó el arma unos segundos, entonces la pulga muy nervioso mordiéndose el labio y cerrando los ojos apretó el gatillo luego se dio vuelta para huir.

La bala fue muy certera impactando en la cabeza del hombre y este al caer muerto hacia adelante accionó accidentalmente el arma, dejando escapar un proyectil que se incrustó en la pequeña espalda de la Pulga.

-¡Ay, ay, ay!- gritó el niño con dolor y siguió corriendo bajando su velocidad a medida que escapaba.

Cntinuará…