El frío tren

Alexander Pietrov esperaba el tren sentado en un banco de una fría estación de la ciudad; mientras leía el diario el cual tapaba su rostro, como si fuese una chimenea se veía su aliento ascender a los cielos; de a ratos espiaba para ver si venía el transporte y luego se volvía a esconder tras el diario, en realidad no lo leía, solo se escondía.

El ruido pesado del tren se hizo presente, Alexander dobló el diario y lo guardó en su saco, acomodó su sombrero y sujetándolo con la mano como ocultado su rostro, caminó apresuradamente y se subió al tren, rápidamente se dirigió hacia atrás del vagón y se sentó junto a la ventanilla, sacó nuevamente su diario y tapó su rostro solo espiando de vez en cuando hacia afuera.

El tren comenzó a moverse y el ruido de las vías como un gran reloj en el que el era una aguja que se hamacaba se hizo presente. Alexander siguió oculto tras su diario.

-Disculpe ¿Puedo sentarme?- la voz de una bella mujer lo presipitó, él asintió con la cabeza sin mirarla.

La mujer se sentó a su lado y sacó un libro, tranquilamente lo leyó para hacer mas ameno su viaje. No dijo ninguna palabra, Alexander tampoco, pero sus manos se ponían frias y su frente también, no podía respirar y su oído parecía haber adquirido una capacidad sobrehumana, ya que podía oír cuando la mujer pasaba la yema de sus dedos por las hojas de su libro, también podía oir su respiración y sentía el frio corporal que ella emanaba, sus manos apretaban el diario con fuerza.

Al llegar a la siguiente estación la mujer se bajó dejando vacío el asiento junto a Alexander, aunque no tan vacío, ya que se había olvidado su libro, o tal vez lo dejó a propósito para que él lo tomara. Alexander deslizó suavemente su mano y tomó el libro, se aseguró de tapar bien su rostro nuevamente con el diario y leyó la portada.

El libro se llamaba «Alexander Pietrov, el hombre del tren». Alexander confundido y alterado soltó el diario y se dirigió al final del libro y leyó lo siguiente.

«Aquel hombre tímido, al que siempre veía en el tren, ese al que todos llamaban loco, fue la persona mas importante de mi vida, ya que cuando quise morir en las vías del tren él fue el único que reaccionó, me sacó del peligro y cambió mi destino por el suyo despidiéndose con una sonrisa»

Alexander buscó quien había escrito el libro, era una bella mujer fallecida hace años ya, su nombre Maria Derzuk, revisó si había una foto de aquella mujer y estaba en la contraportada del libro.

Efectivamente, era la mujer que se había sentado a su lado.

FIN

Amor en tiempos de barbijos

-¿Ya te vas?- preguntó ella tomándole la mano.

-Sí, tengo que irme a trabajar- respondió él cortantemente.

-No vayas- dijo ella mirándole tiernamente a los ojos.

-No puedo quedarme- le dijo él sonriendo- me necesitan.

-Yo también te necesito, quédate- le dijo ella.

-¿Y quién va a pagar las cuentas? ¿Cómo vamos a comprar comida?- le dijo él con la voz esta vez más firme.

-Igual, quédate- le dijo ella frunciendo el ceño.

-No, me tengo que ir- le dijo él mientras intentaba que le soltara la mano- tengo que cuidar a las abuelitas.

-Bueno, pero solo porque las abuelitas son muy lindas- le dijo ella sin dejar de soltarle la mano- ¿Y a mí quien me va a cuidar?

-Para eso está Terry- él señaló a un pequeño perrito que estaba acostado en un almohadón, este al escuchar su nombre comenzó a mover su cola de emoción.

-Ven aquí Terry- dijo ella soltándole la mano y alzó al perro que jadeaba contento-¿Cómo está la abuela Marcia?

-¿La abuela Marcia?- él hizo una pausa incomoda y miró hacia un costado con tristeza-bien, la abuela Marcia está bien.

-Bueno- dijo ella sin querer preguntar más.

-Me tengo que ir- dijo él

-Si está bien- dijo ella sin oponerse esta vez.

-Adiós, te quiero- le dijo él.

-¿Llevas barbijo?-preguntó ella.

-Sí, lo tengo- respondió él.

-¿Y el alcohol?-preguntó ella.

-Sí, lo tengo- respondió él.

-Cuídate- le dijo ella.

-Sí, si- le dijo él.

-Te quiero- le dijo ella.

-Yo también- le respondió él.

-Chau- dijo ella.

-Chau-dijo él y cerró la puerta para irse a trabajar en el hospital.

FIN

Los olvidados del monte

-¿Porqué llora tanto ese bebé?- le decía el Pedro a la Juana mientrás revisaba el filo de su hacha- y bue, sigo con lo mio.

El lánguido hombre se levantó del tronco en el que estaba sentado tambaleando por la borrachera y comenzó a hachar un árbol de quebracho. Junto a otros hombres que hachaban sin parar, llenaban el aire de una melodía del corte constante en la madera, y junto con esta, un humillo rojizo del aserrín mezclado con el tanino llenaba el lugar.

La mujer carraspeó y escupió a un costado una mezcla de tabaco con la mugre, atrayendo al niño hacia si intentaba amamantar con el pecho seco al pequeño. El niño no paraba de llorar, entonces la madre lo mecía y le daba golpecitos en la espalda para que se calmara.

-¡Abajo!- gritó uno de los hacheros y un árbol gigante cayó como un saldado muerto en el monte.

La mujer tapó los oídos de su bebé para que no escuchara el estruendoso ruido y no se asustara, pero el sonido había llegado a él, ya era tarde.

Los pájaros escapaban atemorizados, con la caída de los arboles de quebracho venía el envejecimiento de los olvidados. y Sin poder hacer nada, la mujer se volvía anciana y el niño se hacia hombre. Escuálido este niño hecho hombre se sentaba en un tronco y le daba un sorbo a una caña amarga hasta emborracharse, sin levantar la mirada le daba un trago largo tras otro, hasta que una mano seca de tanto hachar y hachar el monte ajeno le tocaba la cabeza. Esta mano era de su ya anciano padre, que venía a traerle el hacha para que él continuara cortando en el frondoso monte.

-¡Abajo!- grito otro hombre, y asi caía otro gran quebracho envejeciendo a este niño hecho hombre.

Así era la vida de los olvidados de la historia en las tierras de la Forestal.

Fin.

El maestro de la música popular argentina Horacio Guaraní cantándole a las historias de «La Forestal»

Victimario capitulo 1

«Todos somos inocentes, todos somos culpables»

Introducción:

Tengo un amigo, el está en mi cabeza hace años, se trenzan sus aventuras siempre entre mis historias, esperando, esperando, esperando el día que lo haga leyenda.

Hasta hoy no le había dado su espacio por que sé que él me acompañará por muchos de mis días, así que tranquilo, despacito, a partir de hoy de tanto en tanto lo voy a dejar salir; no espero que lo entiendan, mas si espero que lo disfruten.

Victimario capitulo 1:

Entre rayos y tormentas unos ángeles salieron de entre las nubes tocando trompetas, anunciaban algo, anunciaban el programa numero 1 millón en televisión de lo que fue alguna vez el territorio argentino, andá a saber cuando y andá a saber después de que evento. Este programa se llamaba «Tomando la pastilla con M14THA L3GR4ND.»

Los ángeles se alejaron tras las nubes, y de estas bajaron unas escaleras mecánicas en donde venía bajando la presentadora del programa; el mecanismo de la escalera era en verdad ruidoso, pero el televidente no lo sabía, ya que la música de trompetas era lo que recibía, mientras que los presentes si lo pervivían, cosa que solía ser bastante incomodo.

Los aplausos se activaban automáticamente, y así también automáticamente M14THA L3GR4ND saludaba y en movimientos toscos tiraba besos hacía los lados mientras dibujaba una sonrisa en su androide rostro, un androide rostro que era cubierto por una mascara arrugada que simulaba a una elegante mujer de anteriores épocas; pero era solo en su rostro, ya que sus brazos eran evidentemente robots y su torso, lleno de cables y mangueras con líquidos que entraban y salían, también eran evidentemente de robots. No era que importara mucho el que fuera un robot, ya que al televidente no le molestaba demasiado su falta de humanidad, ese un millón de programas era la prueba suficiente de su constante compañía en la mesa de la familia argentina, mesas en la que no podía faltar un televisior, ya que estaba exigido por ley el tener un televisor en la mesa principal de la casa; cosa que pocos sabían, y pocos sabían que había pasado con los pocos que sabían que era una ley perversa.

…Continuará.

El asesinato del Padre Ignacio

El sacerdote Ignacio saludaba a los fieles que se despedían cuando terminó la misa. Las señoras habitué del halago sin fin se acercaban al cura para ganar puntos en su competencia por «la más come velas» del pueblo y mientras él les saludaba, observaba con el rabillo del ojo a un hombre terriblemente desalineado que estaba sentado al fondo del espacioso templo, esta persona de traje marrón sucio y apestando a alcohol, sujetaba fuertemente su portafolios y no le quitaba la mirada de encima.

Cuando finalmente se retiró del lugar la mayoría de los creyentes, este hombre se le acercó.

-Padre, necesito confesarme- le dijo el desconocido, mientras con un pañuelo secaba el sudor de su pálida frente.

-Bien hijo mio- le respondió el sacerdote- espérame en el confesionario para que pueda ayudarte.

El hombre se arrodilló en el confesionario y supo que el sacerdote estaba del otro lado de la ventanilla al escuchar el rechinar de la vieja madera del icónico mueble de caoba rojizo, donde las almas perdidas expulsaban sus secretos. La ventanilla tras la rejilla de madera se abrió y escuchó la voz del santo anciano.

-Bendiciones hijo mio- le dijo el cura- cuéntame que es lo que aqueja a tu alma.

-Bendíceme padre, porque vivo en el pecado- le dijo el apesadumbrado hombre- Mi nombre es Arturo Sánchez; mi última confesión fue, ya no lo recuerdo muy bien, tal vez cuando era niño.

-No te preocupes hijo mio- le dijo el cura mientras reía en sus adentros- ahora estás aquí, dime tus pecados e intercederé con el santo padre para ayudarte.

-Es mi mente padre, me atormenta; está llena de malos pensamientos, llena de odios y de violencia.

-Esta bien hijo, voy a ayudarte- dijo el cura con intención de no alargar demasiado la confesión.

-Espere Padre, aun no he terminado-lo interrumpió el preocupado hombre-me urge hacerlo y tengo que pedirle permiso a usted.

-Si, te escucho hijo mio.

-Necesito que me dé permiso para asesinarlo.

El sacerdote abrió grande los ojos y contuvo la respiración. El hombre continuó.

-Así es, debo matarlo a usted, pero no puedo hacerlo sin su permiso, no podría vivir tranquilo si lo mato sin que usted me deje hacerlo.

El cura temblando intentó abrir la puerta del confesionario, pero la vieja cerradura se había trabado, se dió cuenta que huir cobardemente no era una opción, debía intentar convencer a su asesino confesor de que no cometiera tal pecado.

-Hi… hijo, eso es un pecado muy grave-dijo el sacerdote con la voz temblorosa- y más asesinando a un representante directo de Dios en la tierra ¿Te imaginas cuan grande es esa falta ante los ojos del altísimo?

-Lo sé, lo sé, y eso me duele; pero mi mente está tan llena de tormentos que pienso ¿Que más da? Si estoy tan empantanado en el pecado que llevar a cabo otra aberración no cambiaría nada.

-Hi… hijo no es asi, aun puedes arrepentirte de tu pecado y Dios te escuchará, el te perdonará.

El cura volvió a intentar abrir el confesionario pero por mas que insistía la puerta no cedía, su desesperación creció aun mas cuando vió que aquel hombre buscó algo en su portafolios y terminó escuchando un sonido metálico. Intentó cerrar la ventanilla pero esta también, para su mala suerte, se encontraba atorada.

El cura se agachó dentro del confesionario para refugiarse con la esperanza de que el hombre se fuera, pero este aun estaba ahí, finalmente el anciano suspiró, y recordó su larga trayectoria como sacerdote; tenía muchos recuerdos buenos, pero también había cosas que no eran del todo buenas, y tal vez esta era su redención final, tal vez él también debía pagar por algún pecado inconfesable.

-Está bien- dijo el cura con la voz cansada-puedes matarme, puedes terminar con mi vida.

-Gracias, bendito padre.

El sacerdote Ignacio no quiso mirar a su ejecutor, pero sentía que algo tenía en sus manos, luego entregándose al altísimo escuchó un click, era el fin.

Apretó fuertemente los ojos esperando su desvanecimiento pero esto no ocurrió, luego lentamente los abrío mirando hacia los lados, miró por la ventanilla y ya no había nadie. Probó la ventanilla y funcionaba perfectamente, luego probo la puerta y esta se abrió sin ningún problema. El cura salió temblando y extasiado de felicidad, estaba vivo.

«¡Estoy Vivo! ¡Estoy vivo!» pensaba y caminaba de un lado a otro con felicidad en el desolado templo. Pero ¿Que habrá sido de aquel hombre? Arturo Sánchez ¿Quién era ese hombre?

Finalmente, tras pasar unos días el cura descubrió quien era aquel sujeto, cuando al leer el diario, en la sección de cuentos descubrió una historia hecha por un escritor llamado Arturo Sánchez, la cual se titulaba «El asesinato del Padre Ignacio.»

FIN!!!!!

Espero que les haya gustado el relato. Saludos y que tengan una excelente jornada.

Hablando sobre «La Casa Tomada» de Julio Cortazar

Antes que nada, o todo, los invito a conocer la obra «La casa tomada» de Julio Cortazar, la pueden encontrar en todos lados y en todos los formatos, en librerías, en bibliotecas, audiolibros, y/o acá en la web escrito, en audio y en vídeo. De izquierda a derecha, de derecha a izquierda; de abajo a arriba y de arriba a abajo.

Escribo esto porque tengo que decirle algo a Don Julio, es que dejó las ventanas abiertas y la casa se llenó de gente de todas clases, y están revisándolo todo y revolcando todo, uno le dice a otro «mirá, las estampillas» y el otro le responde «no me importa, vine a ver que comida hay en la cocina» otros revisan las lanas y los tejidos meticulosamente mientras otros miran los puntos de este sin entender nada, algunos quieren limpiar los muebles del polvo bonaerense y otros entran con los zapatos sucios a propósito, hay quienes se pelean por la pava del mate y otros que pelean por ver quien sebará, algunos quieren tomar el mate solo y otros lo quieren compartir.

¿Y las llaves de la puerta principal? Que importa, se habrán oxidado en el olvido. ¿Y los 15.000 pesos? Que importa, el tema no es la plata (o tal vez sí). ¿Y los libros de la biblioteca? No sé si alguien los leyó.

Le preguntaría ¿Que quisiste decir con toda esa maraña?

Tal vez me respondería «Fue algo que soñé, tal vez mio, tal vez heredado de otro tiempo, viste como esas ideas de Jung.»

Y yo le diría «Yo soy de los que entró en la casa y esta revisando que hay que comer en la cocina.»

Él capaz me dijera «Y no sé, vos escuchás lo que querés escuchar y entendés lo que querés entender.»

Tal vez me diría «dejenme ya de joder con «La casa tomada» lo que escribí, en su tiempo lo escribí, los que entraron y no pudieron salir, ¿Qué puedo hacer por ellos? Recordá también que una pareja de hermanos quedó afuera, no es solo los que están adentro el tema.»

Yo tampoco sé que es con certersa, lo único que puedo decir, es que despues de mas de 70 años de publicado el cuento, la casa se sigue tomando.

FIN.

Los niños del futuro 14 Final

«Los niños del Futuro» es una historia que escribí en mi adolescencia y que años después la mejoré para que su lectura sea más agradable. El jugador de todos…

Lo estuve publicando en pequeñas partes todos los martes a las 18hs hora Argentina, 23hs hora de España, 17hs Miami.

Espero que la disfruten:

Fin de la temporada

La mujer recordó el sueño que había tenido la noche anterior, aquel en que su barquito se alejaba de ella, entonces su corazón se estremeció y alertada por un  mal presentimiento comenzó a llamar a los gritos a su hijo.

-¡¿Leonel?! ¡Leonel, hijo ¿Dónde estás?!- decía la mujer mientras recorría el barrio.

Los gritos alertaron a Carlitos, que recordó la promesa que se habían hecho y se acercó a la madre de su amigo.

-Voy a ir a buscarlo- le dijo al oírla tan desesperada y se dirigió hacia su escondite que estaba en el baldío.

Carlitos vio el camino de sangre que entraba al lugar y terminaba en donde estaba la heladera tirada “¿Qué es esto?” pensó y corrió hacia allí, saltó sobre ella y encontró a la Pulga acostado adentro.

-¿No pulga que hiciste?- le dijo Carlitos con lágrimas en los ojos.

El niño muy débil tomó su mano para darle unos pesos y algunas monedas manchadas con su sangre que era todo lo que tenía la joven maestra en su cartera.

-Tomá dale esto a mi mamá- le dijo la pulga soltándole suavemente la mano- y decíle si esta noche podemos comer un bifecito de carne.

Después de esto la Pulga dejó salir de su boca su último aliento.

La mujer muy preocupada esperaba para tener respuestas de su hijo en su casa y tratando de calmarse un poco encendió el televisor, en donde el periodista presentaba las noticias:

“Otro caso de violencia en la ciudad, un policía muerto tras el robo a una maestra, estamos en vivo en el lugar en donde se encuentran los familiares, vamos directo al móvil.”

En aquel móvil se encontraba la esposa del policía asesinado que, motivada por su gran angustia, clamaba sollozando por justicia.

“Esto no debe quedar así” decía la mujer mientras se agarraba la cabeza “¡Quien mató a mi marido debería ir preso y podrirse en la cárcel! ¡Podrirse en la cárcel!”

  En ese momento entró en la casa de la señora Carlitos llorando y en sus brazos traía el cuerpo de su pequeño amigo sin vida.

-¡No! ¡Mi bebé no!- en un desgarrador grito que hizo que todos los vecinos se acercaran al lugar exclamó la mujer. Luego abrazó con fuerza el cuerpito de su niño que ya descansaba en los brazos del eterno.

Ante todo esto el televisor, aquel compañero frio e indiferente que acompaña los días de nuestras vidas,  seguía encendido y continuaba dando las noticias:

“Por otra parte, acaba de asumir el nuevo flamante ministro de economía, el que nos sacará de esta difícil situación” muy elegante, en un estrado reluciente, aquel hombre calvo de baja estatura, daba su discurso.

“No podemos dejar de hacer frente a nuestras responsabilidades” con énfasis decía aquel hombre, apretando el puño y frunciendo el ceño muy convencido de que su opción era el único e infalible camino “estamos obligados a recortar los sueldos y subir los impuestos para así ajustar la economía y poder pagar nuestras deudas con el exterior.”

La temporada ha terminado.

Los niños del futuro 13

«Los niños del Futuro» es una historia que escribí en mi adolescencia y que años después la mejoré para que su lectura sea más agradable. Barrilete cósmico…

La voy a publicar en pequeñas partes todos los martes a las 18hs hora Argentina, 23hs hora de España, 17hs Miami.

Espero que la disfruten:

La gran jugada

El timbre de salida se hacía escuchar, los niños corriendo y riendo se retiraban del establecimiento para encontrarse con sus padres que los esperaban, algunos en auto, otros simplemente a pie para marcharse a sus respectivos hogares, también había pequeños que se juntaban en grupos para volver a sus casas en colectivo o caminando. Luego salían los maestros y directivos para  que, finalmente, quedara vacío el lugar.

La joven maestra salió, habló unos segundos con sus colegas y luego se marchó caminando sin que nadie la acompañase; tras haberse alejado una cuadra, la Pulga se levantó y, desde una considerable distancia, comenzó a seguirla, así fue que varias cuadras después la maestra caminaba por una solitaria calle de tierra en donde ninguno de los vecinos estaba fuera de su casa; este era el momento adecuado para acercarse.

  -Hola ¿No sabe en dónde queda la calle Perón?- preguntó la Pulga para disimular, aunque sus ojos nerviosos en realidad no le ayudaban mucho en este caso.

La mujer lo miró de reojo y aumentando la velocidad de su caminar le respondió.

-No papito, la verdad no sé.

El niño al ver que la mujer apresuraba sus pasos puso la mochila delante de si y rápidamente sacó la pesada pistola sosteniéndola con las dos manos para apuntarla.

-¡Deme la cartera ya o disparo!- le gritó mientras trataba de mantener la mira del arma en la maestra, luchando contra el peso de esta.

-¡No! ¡Calmate, no dispares! Tomá.

La mujer muy asustada, tomando distancia, le dio la cartera y él de un manotazo se la arrebató para luego salir corriendo “listo ya está, eso era todo” pensaba mientras la adrenalina se hacía dueño de su cuerpo; pero luego comenzó a escuchar los gritos de la joven docente y se dio cuenta que su aventura aún no había terminado.

-¡Auxilio! ¡Me han robado!- en un ataque de nervios gritó la mujer.

En las cercanías había un policía recorriendo la zona, que al escuchar los gritos acudió al pedido de la asustada joven.

-¡Tranquila señora! ¿Hacia dónde se fue?

-Se fue por allá- la mujer le señaló la entrada a unos pastizales- cuidado que está armado.

El policía ingresó corriendo al pastizal y el característico ruido del pesado uniforme de este alertó a la Pulga, que muy asustado se escondió tras unos arbustos “pero ¿Por qué a mí?” pensaba el pequeño mientras unas lágrimas escapaban de sus ojos; los arbustos se movían mucho, era obvio que alguien se encontraba ahí.

-¡Policía! ¡Salga de ahí inmediatamente con las manos en alto!- gritó el uniformado apuntando su pistola a los arbustos.

El muchacho llorando salió dando un salto y durante unos pequeños instantes quedaron apuntándose “pero si es solo un niño” pensó el policía y bajó el arma unos segundos, entonces la pulga muy nervioso mordiéndose el labio y cerrando los ojos apretó el gatillo luego se dio vuelta para huir.

La bala fue muy certera impactando en la cabeza del hombre y este al caer muerto hacia adelante accionó accidentalmente el arma, dejando escapar un proyectil que se incrustó en la pequeña espalda de la Pulga.

-¡Ay, ay, ay!- gritó el niño con dolor y siguió corriendo bajando su velocidad a medida que escapaba.

Cntinuará…

Los niños del futuro 12

«Los niños del Futuro» es una historia que escribí en mi adolescencia y que años después la mejoré para que su lectura sea más agradable. El teatro de los sueños…

La voy a publicar en pequeñas partes todos los martes a las 18hs hora Argentina, 23hs hora de España, 17hs Miami.

Espero que la disfruten:

El lugar de juego

Los autos iban y venían, algunos estacionaban, otros solo dejaban a sus niños dentro de la escuela para después largarse del lugar a toda velocidad.

-¿Señor, le cuido el auto?- le dijo el gordo a un hombre de traje que, rápidamente tomándole la mano a una niña, se bajaba de su vehículo para dejar a la menor en el establecimiento educativo.

-Bueno, a la vuelta te doy algo.

Así fue que el hombre unos minutos después volvió, se subió a su auto, abrió un poco la ventanilla para darle unas moneditas al gordo; luego sin decir una palabra, cerró  la ventanilla y se marchó velozmente.

El pequeño fue y se sentó en un muro en donde también estaba el Cabezón con Carlitos y juntos observaban como los niños de guardapolvo blanco ingresaban a la escuela.

-¿Será lindo?- dijo el Cabezón.

-¿Lindo qué?- le preguntó el Gordo.

-Si será lindo ir a la escuela, usar esas ropas blancas y llevar mochilas llenas de cuadernos y libros con dibujitos.

-Na, tenés que ser cheto para ir a la escuela y tenés que ser medio maricón- le respondió el Gordo.

-No sé, a mí me gustaría- concluyó el Cabezón y finalmente dijo riendo- antes que estar acá cuidando autos.

En ese momento llegaron la Pulga y el Rata quienes se sentaron junto a ellos.

Durante el transcurso de aquel día vieron que una joven maestra venía caminando y entraba sola a la institución educativa.

-Viste Pulga- le dijo el Rata al oído- esa chica siempre viene y se va sola, yo sé porque mi hermano la estaba espiando. Cuando ella salga vos la seguís y cuando nadie te vea, le apuntas con el arma para que te dé la cartera.

Un plan aparentemente premeditado para un chico tan pequeño, pero en realidad esto era lo que tenía planeado hacer su hermano, y al escucharlo una vez que el muchacho hablaba con sus amigos esta idea se le había quedado grabada en la cabeza; ahora el repetía aquellas palabras con gran naturalidad, como si se tratara de un evento de mucha simpleza.

Las agujas del reloj continuaron su andar, así fue que ya era de tarde y a excepción de la Pulga y Carlitos que seguían sentados en el muro esperando, los otros pequeños se habían marchado a sus hogares. La Pulga estaba muy nervioso, con la mochila entre sus piernas a cada rato se rascaba la cabeza muy fuertemente. Carlitos se dio cuenta que algo raro le estaba pasando y por eso fue que decidió quedarse un rato más para poder hablar con él.

-¿Pulga estás bien?- le pregunto Carlitos.

-Sí, sí, no pasa nada, solo que tengo que hacer algo, nada más.

-Tal vez no tendrías que hacer lo que estás por hacer- le dijo Carlitos al prever que no era algo bueno.

-No te hagas problema, no pasa nada- le dijo la Pulga mostrándole una pequeña sonrisa nerviosa.

-Bueno ¿Sabés qué? Cuando termines de hacer lo que estás por hacer nos encontramos en el escondite secreto ¿Está bien?

-Nos encontramos ahí- le respondió la Pulga, un poco aliviado por la propuesta de su amigo.

Entonces Carlitos, tras hacer un saludo de manos, se fue del lugar dejando a la Pulga solo y este quedó esperando el momento para cometer su golpe, un golpe que era de aquellos golpes que una vez que se dan, dejan una marca que ya no se puede borrar.

Continuará…

Los niños del futuro 7

«Los niños del Futuro» es una historia que escribí en mi adolescencia y que años después la mejoré para que su lectura sea más agradable. 

La voy a publicar en pequeñas partes todos los martes a las 18hs hora Argentina, 23hs hora de España, 17hs Miami.

Espero que la disfruten:

Los festejos

“Cada treinta minutos con la información” se escuchaba en la radio “Violenta ola de asaltos en el centro de la ciudad, que ha dejado un saldo de cinco detenidos y un delincuente muerto. También, entre otras noticias, una nueva empresa es declarada en quiebra; los trabajadores deciden hacer una protesta y amenazan con cortar las calles para impedir los despidos. En media hora volvemos con más noticias.”

-¡Pero qué bárbaro!- dijo la señora mientras hacía entrar la ropa ante la inminente lluvia.

-Hola má- dijo la pulga abriendo la puerta de un empujón y entrando a la casilla con sus amigos.

-Hola mi corazón ¡¿Qué hacen todos sucios así?! ¡Otra vez jodiendo con la pelota che!

-¿Má podemos mirar la tele un rato?- le preguntó el niño ignorando totalmente el reto de su mamá.

-Pero, mirá como llueve, puede caer un rayo y…- le dijo su madre, que al verlos tan ilusionados por mirar los dibujitos, se enterneció y cambió de parecer- bueno, pero primero les voy a preparar un rico mate cocido con tarta frita ¿Quieren?

 -¡Sí!- gritaron los pequeños con alegría.

La mujer se dio vuelta y encendió el televisor, luego caminó unos pasos detrás de este aparato en donde tenía una pequeña garrafa con una hornalla y la encendió para calentar una pava de agua. De aquel viejo aparador que fuera regalo de su madre antes de irse de su casa sacó el frasco de yerba, que para su mala suerte yacía vacío; entonces tomó una toalla que puso sobre su cabeza y saliendo en la lluvia fue a la casa de su vecina para pedirle que le prestara un poco.

-Hola vecina ¿Cómo le va? ¿No tendría un poco de yerba para prestarme?

-Otra vez pidiendo ¡¿Qué nunca tenés nada vos?!

-Es que es para los chicos, quiero prepararles un mate cocido- le respondió la madre de la pulga mirando hacia abajo.

-Bueno tomá, pero no podés seguir así pidiendo todo el tiempo, yo también apenas tengo para mí.

La vecina le dio en una bolsita un poco de yerba a la señora quien volvió a su casa con algunas lágrimas en sus ojos, las cuales creyó poder disimular con las gotas de la lluvia. Sacó las tasas y siguió preparando el mate cocido.

La señora preparó dos grandes tasas para que compartan los chicos, luego con un poco de harina amasó y puso a fritar la tarta frita que luego repartió entre los pequeños que no paraban de reírse ante las alocadas caricaturas “la risa de los niños es algo que levanta el ánimo” pensó y después vio que la vecina que le había prestado la yerba, sonriendo le hacía señas mostrándole su pava, invitándole a tomar unos mates; para no traicionar a su costumbre de todas las tardes y en donde pensaban en alguna solución a la constante crisis que los golpeaba.

-Soñando el pobre cumple sus anhelos- le dijo recibiéndole con un mate cebado.

 -Así es mi querida vecina- le respondió esta tras haberle dado un buen sorbo al agua caliente recién cargada.

El televisor blanco y negro, tras unas interferencias, dejó ver los dibujitos animados y aunque los otros niños se habían puesto muy contentos, ya que les gustaba mucho ver la eterna y divertida persecución que tenía el gato sobre el ratón, la pulga no podía esconder su tristeza al ver, a pesar de su corta edad, que a su madre le era muy difícil llevar su hogar adelante; por esto era que él todos los días salía a la calle a vender mentitas, para tratar de ayudar un poco en su casa.

…continuará.