Relato de una noche alumbrada por la luz de la luna

Esta historia    no es mía, es del tío «el chico» en su juventud. Resulta que en las noches de farra apostaban con un compañero de la bebida por una señorita, pero no era cualquier señorita; esta muchacha siempre estaba sentada sobre una piedra al costado del arroyo  cuando ellos ya se marchaban de la posada del pueblo casi ya tocando la madrugada, los muchachos siempre cruzaban cerca de ella emborrachados hasta el cogote, pero ninguno de los dos se animaba a hablarle.


Esta historia    no es mía, es del tío «el chico» en su juventud. Resulta que en las noches de farra apostaban con un compañero de la bebida por una señorita, pero no era cualquier señorita; esta muchacha siempre estaba sentada sobre una piedra al costado del arroyo  cuando ellos ya se marchaban de la posada del pueblo casi ya tocando la madrugada, los muchachos siempre cruzaban cerca de ella emborrachados hasta el cogote, pero ninguno de los dos se animaba a hablarle.

Así que en una partida de cartas se jugaron quien sería el valiente que se animaría a acercarse a ella y el derrotado fue mi tío «el chico».

Un poco borracho otro poco sobrio, con la bicicleta a un costado, él se acercó hasta la piedra del arroyo donde estaba ella sentada mirando como pérdida el andar de las aguas.

-Disculpe señorita- le dijo mi tío luego de tomar aire- me parece que estas no son horas para que una joven como usted este sola en este lugar ¿Me permitiría que la acompañe a su casa?

La joven la escuchó sin mirarle, ya que sus ojos seguían perdidos en el correr de las aguas del arroyo, luego de un rato de silencio sonriente le contestó.

-Bueno, está bien.

Así que mi tío y la joven caminaron esa noche por los senderos de tierra alumbrados por la luz de la luna, acompañados por el canto de los grillos y el ruido del girar de la rueda de la bicicleta, ella con una de sus manos iba tocando los pastizales que crecían a los costados del camino mientras él, traspirando en frio, apretaba fuerte el manubrio de su rodado compañero hasta que ella paró su andar.

-Gracias- le dijo la muchacha- hasta aquí está bien, adiós. Tal vez algún día nos volvamos a ver.

-De nada, adiós- le respondió mi tío antes de verla desaparecer entre los arboles del bosque unos minutos antes de que el sol apareciera por la mañana.

¿Que si la volvió a ver después de esa noche? No lo sé, solo se las cosas que me contaron que él decía la noche antes de partir de este mundo; mi tío deliraba y decía «la dama del arroyo está aquí» «la dama del arroyo vino a buscarme».

Fin.

Espero que les haya dado piel de gallina como me dio a mi cuando escribía este relato.

Esta historia    no es mía, es del tío «el chico» en su juventud. Resulta que en las noches de farra apostaban con un compañero de la bebida por una señorita, pero no era cualquier señorita; esta muchacha siempre estaba sentada sobre una piedra al costado del arroyo  cuando ellos ya se marchaban de la posada del pueblo casi ya tocando la madrugada, los muchachos siempre cruzaban cerca de ella emborrachados hasta el cogote, pero ninguno de los dos se animaba a hablarle.

Así que en una partida de cartas se jugaron quien sería el valiente que se animaría a acercarse a ella y el derrotado fue mi tío «el chico».

Un poco borracho otro poco sobrio, con la bicicleta a un costado él se acercó hasta la piedra del arroyo donde estaba ella sentada mirando como pérdida el andar de las aguas.

-Disculpe señorita- le dijo mi tío- me parece que estas no son horas para que una joven como usted este sola en este lugar ¿Me permitiría que la acompañe a su casa?

La joven la escuchó sin mirarle, ya que sus ojos seguían perdidos en el correr de las aguas del arroyo, luego de un rato de silencio sonriente le contestó.

-Bueno, está bien.

Así que mi tío y la joven en silencio caminaron esa noche por los senderos de tierra alumbrados por la luz de la luna y acompañados por el canto de los grillos y el ruido del girar de la rueda de la bicicleta, ella con una de sus manos iba tocando los pastizales que crecían a los costados del camino mientras él, traspirando en frio, apretaba fuerte el manubrio hasta que ella paró su andar.

-Gracias- le dijo la muchacha- hasta aquí está bien, adiós. Tal vez algún día nos volvamos a ver.

-De nada, adiós- le respondió mi tío antes de verla desaparecer entre los arboles del bosque mientras el sol aparecía en la mañana.

¿Que si la volvió a ver después de esa noche? No lo sé, solo se las cosas que me contaron que él decía la noche antes de partir de este mundo; mi tío deliraba y decía «la dama de blanco está aquí» «la dama de blanco vino a buscarme».

Fin.

Espero que les haya dado piel de gallina como me dio a mi cuando escribía este relato.

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